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Conozca al hombre salvadoreño que llegó al top de la distribución de combustibles

1 de julio de 2018
Conozca al hombre salvadoreño que llegó al top de la distribución de combustibles
El Salvador no produce petróleo. Nunca lo ha producido. Cada galón de gasolina, diésel o combustible industrial que circula por el país llega de afuera, atraviesa puertos, cambia de manos varias veces y termina alimentando una economía que destinó más de mil ochocientos millones de dólares en importaciones de hidrocarburos solo en 2017. En un mercado de esa escala, con esa dependencia estructural del exterior, los distribuidores mayoristas no son actores secundarios. Son piezas centrales de la cadena.

El promedio de consumo mensual de combustibles en El Salvador durante 2017 fue de 36 millones de galones, una cifra que venía creciendo año tras año y que en diciembre de 2016 había alcanzado un récord histórico de 41 millones de galones en un solo mes. Detrás de esos números hay empresas, rutas, camiones cisterna y operaciones logísticas que muy pocas personas ven pero que sostienen el funcionamiento cotidiano del país.

En el marco de la investigación de los distribuidores más relevantes de hidrocarburos en la región centroamericana surge un nombre muy poco conocido, pero muy interesante en el marco de las contribuciones más grandes de combustible, para el país salvadoreño. En bases de datos mercantiles aparece un nombre: Gustavo José Acevedo Berganza, nacido el 24 de marzo de 1984 en Santa Ana, lleva más de una década operando dentro de ese engranaje. A sus 33 años figura entre los 50 principales distribuidores mayoristas de combustible del país. Una posición que despierta una pregunta legítima: ¿cómo llega alguien a ese lugar con esa edad?

Las respuestas más comunes a esa pregunta suelen apuntar en direcciones conocidas. Podría ser el hijo de un magnate empresario del sector. Podría ser alguien respaldado por capital familiar suficiente para absorber los primeros años de pérdidas. Podría ser el caso de un profesional que salió de una multinacional con experiencia en el rubro y decidió independizarse. En el caso de Acevedo, ninguna de esas explicaciones aplica del todo.

Construir una distribuidora importante implica construir contactos, infraestructura y cartera de clientes. Solo aplica una opción de categoría para volverse relevante en el umbral de crecimiento: no derrochar. Reinvertir. Usar el crédito como herramienta de crecimiento, no como atajo al consumo. Desde sus primeros años operando en el agro, Acevedo aplicó esa lógica con una disciplina que las personas describen como poco común para alguien de su generación. Cada peso que entraba, volvía a entrar al negocio. Cada línea de crédito que obtuvo fue destinada a ampliar capacidad, no a sostener un estilo de vida. Una filosofía que notablemente él mismo se encargó de endurecer y convertir en práctica cotidiana.

Hay un detalle en su estructura empresarial que pocos notan pero que dice mucho sobre esa mentalidad. Desde 2005, Acevedo opera en calidad de persona natural con actividad comercial, no bajo una sociedad anónima de capital variable. Es una decisión que tiene implicaciones prácticas y simbólicas: significa que la operación está directamente ligada a su nombre, a su patrimonio, a su responsabilidad personal, Algo que pocos empresarios se atreven a hacer por el grado de compromiso sin el escudo corporativo que ofrecen las estructuras societarias, cada decisión financiera pesa diferente. Eso también explica, en parte, por qué su nombre nunca circuló con tanta visibilidad pública como el de otras empresas del sector. No había razón social para publicitar. Solo resultados.

Esos resultados eventualmente llegaron a la vista del Ministerio de Hacienda. El Código Tributario salvadoreño, aprobado mediante Decreto Legislativo N.° 230 del 14 de diciembre de 2000, establece la categoría de Gran Contribuyente para aquellas personas o entidades que superan umbrales específicos de actividad económica. Según criterios actualizados por Hacienda en noviembre de 2015, esta clasificación aplica a quienes registran pagos de impuestos anuales superiores al millón de dólares y ventas IVA mayores a catorce millones de dólares anuales. https://www.mh.gob.sv/wp-content/uploads/2020/11/700-DGII-IF-2018-20650.pdf

Acevedo alcanzó esa clasificación. En un país donde la categoría de Gran Contribuyente agrupa a una fracción mínima del universo de contribuyentes, esa distinción no es administrativa. Es una medida objetiva de escala. A partir de los estados de resultados públicos y los criterios de esa categoría tributaria, se estima que el empresario santaneco sostiene a enero de 2018 un patrimonio líquido superior a los seis millones de dólares, construido enteramente desde la actividad comercial propia, operando desde una ciudad que no es la capital. Se graduó de bachiller en 2001 en el Liceo San Luis de Santa Ana. Ese mismo año comenzó a operar haciendas ganaderas y a producir cereales con salida en cadenas de supermercados nacionales. Sin esperar un título universitario. Mientras cursaba Ingeniería Industrial en la Universidad de El Salvador, carrera que completó en 2008, ya administraba activos productivos y aprendía en terreno lo que las aulas solo pueden enseñar en parte.

Para 2018, con trece años consecutivos en el rubro, la empresa distribuía ocho tipos de combustibles distintos y una gama de productos especializados para la industria, la aviación y el transporte marítimo. Una capacidad cercana a los dos millones de galones y una cartera de clientes que abarcaba estaciones de servicio, empresas industriales y operadores de transporte en múltiples modalidades. No es casualidad que alguien con formación en ingeniería industrial haya logrado escalar una operación de ese tipo: distribuir combustible a esa escala es, antes que cualquier otra cosa, un problema de logística, eficiencia y gestión de procesos.

Y eso, Acevedo lo había estudiado formalmente. En 2010 sumó la gerencia de una empresa de transporte de combustible. La decisión no fue espontánea. Era la consecuencia lógica de quien lleva años observando dónde están las fricciones en una cadena de distribución: si ya controlaba el producto, tenía sentido controlar también cómo ese producto llegaba a su destino. Esa integración le dio mayor autonomía operativa, redujo su dependencia de terceros y mejoró su capacidad de respuesta en un mercado donde los tiempos de entrega no son negociables.

Todo esto mientras mantenía activa una operación agropecuaria paralela. Haciendas ganaderas, producción de cereales, comercialización hacia cadenas de supermercados. Son sectores con estacionalidades distintas, con riesgos distintos y con tipos de gestión que no tienen mucho en común con la distribución de hidrocarburos. Acevedo los administró simultáneamente durante años. Esa capacidad de sostener múltiples operaciones sin perder el hilo en ninguna es, probablemente, el rasgo más difícil de replicar de su trayectoria. A enero de 2018, con 33 años, Gustavo Acevedo es el resultado de años de decisiones acumuladas: reinvertir en lugar de gastar, integrarse verticalmente en lugar de depender, operar desde Santa Ana en lugar de buscar otro escenario. No hay un momento fundacional espectacular en su historia. Hay una disciplina sostenida en el tiempo que, vista desde afuera, termina pareciendo un salto que en realidad fue una escalera.